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Art Medellín: una feria que empieza a ser de arte

en Crítica de Arte/Textos por
Lagos
Miler Lagos

“El arte es para cualquiera; simplemente no es para todos”

Por más que no queramos aceptarlo, la ecuación arte y dinero siempre va a generar sospechas, más aún, si la relación germina en una ciudad donde estas dos palabras no tienen mucha concordancia entre sí: las subastas no son muy exitosas, los museos no adquieren obras (sino que reciben donaciones), hay pocas galerías, poca educación respecto al coleccionismo, y un nivel de adquisición no muy afortunado. Este año, sin embargo, se realizó la tercera versión de la feria ART Medellín, una peculiar iniciativa de un grupo de optimistas por el desarrollo artístico y cultural en nuestro contexto, o bien, un grupo de personajes que en algún momento se han sentido exiliados de las poderosas burbujas que se consideran arte “oficial”, “respetable” y “de avanzada”.  Llamada también la logia del arte, esa de la que todos hablamos incrédulamente, pero por la que muchos darían cualquier cosa por entrar en ella.

Ese sí es un mercado corrupto, el que compra y vende criterios, lugares privilegiados en exposiciones, e incluso, ese que vende la dignidad especialmente traficada por galeristas, curadores y hasta profesores de manualidades (no de arte) que utilizan una mediocre dosis de poder para aprovecharse de artistas con ansias de atención rápida e injustificada, y estudiantes pueriles que no pueden distinguir con qué clase de personas vale la pena cultivar conexiones, traicionándose a sí mismos por cualquier miserable minuto de fama.

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Continuando con la feria, este año pude notar con entusiasmo un programa expositivo y académico más estructurados, una curaduría mucho más acorde con las demandas formales que han de caracterizar a un evento de esta envergadura; es decir, este año, para mi sorpresa, encontré una pequeña feria de arte que sí lo parecía; algo totalmente distinto a lo que yo esperaba.

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ART Medellín, en su tercera versión como lo declaré anteriormente, empezó a parecer una feria de arte, pues en principio podemos destacar que la nómina de artistas, las intervenciones en el espacio y la organización de los estands fue mucho más certera, al igual que la calidad de algunas galerías invitadas. Pudimos ver con satisfacción algo de arte, en un evento donde particularmente se ven souvenirs y bricolajes, o pinturas complacientes que deben combinar con las paredes de las salas, cuadros espantosos de caballos y flores, hiperrealismo del más elemental y vacío, así como intervenciones realizadas por artistas con una hiper-auto-valoración apabullante. La burbuja del mercado, ese al que no le importa mucho el arte sino la mercancía, y que muchas veces no coincide con el establishment del arte propiamente “institucional”, sabe que esta clase de banalidades son las que seducen con mucha más frecuencia a un público de masas.

Sin ser despectiva, ni querer aplicar un juicio excluyente, lo dicho anteriormente se basa en un encuentro que tuve justamente el día que se inauguraba la feria (El ejemplo no necesariamente es la norma, pero ilustra lo que deseo plantear): una pareja de empresarios, coleccionistas según me comentaban, jamás habían puesto un pie en las salas de uno de los museos de la ciudad porque “esos museos tienen  unas cosas muy feas y muy raras que uno no entiende” (fue así literalmente); y me quedé preocupada frente a la sincera declaración. Esto me llevó a entender dos cosas: la primera fue la razón en la falta de criterio y de educación respecto al arte y a las cosas que el público prefiere comprar; esto se debe a que hay un público cómodo al que no le interesa salir de su zona de confort, llamando arte a lo que le es agradable a la vista, obras que no cuestionan, no estimulan al pensamiento, no confrontan al conocimiento, porque las que lo hacen, no suelen ser muy atractivas; son molestas, quizás, porque nos ponen a pensar, y un mínimo de esfuerzo intelectual incomoda. “El arte tiene que producir goce” “El arte es un disfrute” “El arte tiene que ser bonito o bello” “El arte es una expresión emocional y no debe ser intelectual” es parte de la filosofía que muchos profesan, es decir, hay un público que puede comprar arte, pero es un público perezoso y sin ningún interés en educarse sobre lo que compra y lo que ve.

La segunda cosa que pude entender, es por qué los galeristas en estos eventos deben ubicar estratégicamente en sus estands eso que Robert Hughes llamaba comparativamente “comida chatarra” (Junk food), que seduce por el tamaño y el sabor, pero que no aporta nada, pudiendo sólo satisfacer un gusto superficial en tanto que es una clase de comida que ni siquiera alimenta. El público prefiere atragantarse comprando en el McDonal´s más cercano, y si es un público que no tiene ninguna clase de educación sobre estos comederos para los estratos 4, 5 y 6, creerá que es muy distinguido comprar comida en tal sitio; pero quienes sí conocen bien qué clase de basura te sirven allí, sabrán que aquello tan brillante, grande, grasiento y colorido, no es más que pura chatarra. Hughes propuso que pasa lo mismo con el arte: la pintura, por ejemplo, es un arte opuesto a la comunicación de masas, decía, “no necesita aspirar al sensacionalismo, ni tampoco ser falsamente icónica. No es comida chatarra”. Con esto se refiere a que el arte no debe ser complaciente al gusto popular, porque el gusto popular prefiere obras que se engullen fácil y se suprimen rápido, una comida chatarra que no alimenta al cuerpo, un arte chatarra que no aporta nada a nuestros cerebros. En este sentido, cuando la lógica del dinero se filtra en el arte, sucede algo principalmente funesto: se nutre de las subjetividades y de la falta de conocimiento del público y los complace con artefactos convertidos en espectros carentes por completo de sustancia.

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Por otra parte, la feria contó con una serie de charlas en las que participaron personalidades del mundo del arte, la arquitectura y la comunicación, entre los que había artistas, galeristas, curadores y agentes culturales. En este sentido, el evento propuso un componente académico oportuno.

Siendo franca, debo aceptar que la feria me trajo un poco de optimismo respecto a estos eventos en la ciudad, pues es destacable el esfuerzo de todos los organizadores, y la confianza que los participantes colocaron en ellos; pero también es justo señalar que aún necesitan afinar criterios, sin embargo, esto es normal si tenemos en cuenta que ART Medellín es una feria pequeña, y como parte del proceso, comienza una etapa de concreción y maduración. Recuerdo puntualmente que alguien comentaba: “es como un pedacito de una feria grande”, lo cual es cierto.

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Ana Isabel Diez
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Alberto Lezaca

En conclusión, fue un evento positivo donde vimos muchos malos cuadros y cachivaches que solo cumplen una función decorativa; por fortuna, también se vio un nivel mucho más alto de ese “otro arte excluyente” del que algunos suelen renegar, pero que, sin embargo, se nos hace necesario conocer y saborear para diferenciar lo que en el arte vale la pena mirar, lo que vale la pena comprar, y lo que valdrá la pena recordar.

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Artista plástica, escritora y blogger. Diplomada en periodismo cultural y crítica de arte. Estudió filosofía en la Universidad de Antioquia y Estética y Teoría del arte con la universidad de Cádiz. Su trabajo se caracteriza por investigar el rol femenino en la historia. Se interesa por la escritura de textos en los que reflexiona acerca del sistema del arte actual. Hace parte del equipo de columnistas de la revista internacional de arte Artishock , colabora en el suplemento cultural de El Mundo y escribe para diversas revistas de arte.

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