Cartas en la corriente

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Las noticias que se veía en 1999 me llenaban de tristeza, para ese tiempo tenía 10 años y la pregunta del por qué las personas suelen ser tan crueles rondaba mi cabeza todo el tiempo; la capacidad de mis compañeros de escuela para expresar su violencia sobre mí me asombraba y una profunda desolación empezó a crecer dentro.

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Había crecido en medio de dibujos animados de los 90, una fuerte inclinación por las ciencias exactas heredada de mi mamá –una profesora de primaria con un gran amor por la enseñanza– empezó a detonar una fascinación por la idea de crear algo que funcionara; veía dibujos animados todo el tiempo replicando los elementos que los personajes usaban para cumplir sus misiones, construí el “neutralizador de los hombres de negro”, mi propio “báculo sagrado” y un laboratorio que maquillaba al mejor estilo de Beakman. El mundo ficticio de la televisión era fascinante en todos los sentidos y además era una gran fuente de conocimiento científico con programas educativos como la versión animada de Cantinflas, donde recorría el mundo y la historia en diferentes momentos con un estilo que hasta hoy encuentro encantador; mi programa favorito fue Érase una vez… los inventores y con él aprendí que inventar se trataba de tener una gran imaginación.

Así pasaban los años en la década de los 90, me la pasaba enfermo la mayor parte del tiempo y mis estudios se retrasaron, a causa de ello tuve que retomar varios grados en primaria y realizar varios exámenes de nivelación para mantener el ritmo de los demás estudiantes. La escuela nunca fue mi lugar favorito, mis compañeros descargaron una violencia desmedida contra mí y la forma en la que aprendíamos me parecía aburrida, seguramente porque no se comparaba con lo asombroso de la televisión y los videojuegos.

La década del 2000 fue confusa, mi adolescencia se cargó de conciertos de punk y metal que me mostraron sonidos de una carga creativa y poder físico tremendo, las consignas y los pogos se volvieron mis amores más grandes y llegué a la universidad cargado de una energía que quería soltar para generar grandes cambios en un territorio que parecía ser el más poderoso de todos.  A veces me atravesaba una sensación explosiva que me invadía y me daba escalofríos, mis sentimientos se volvieron más fuertes y el inconformismo se volvió el motor de mi pensamiento que cada vez era más crítico. Pero la decepción volvió, mis años en la universidad no fueron más que una frustración detrás de otra, el sistema educativo era el mismo, ahora con peores consecuencias porque era yo mismo el que había escogido estar en una carrera de ingeniería con la idea de crear algo que valiera la pena, pero parecía que la educación universitaria no se trataba de eso, al fin y al cabo lo primordial era entrenarse para conseguir un trabajo.

Al final la filosofía y las humanidades se empezaron a colar en mis lecturas y pasaba más tiempo en las facultades de arte que en mi propia facultad. Aún fascinado con la idea de poder pensar y crear decidí probar con la carrera de artes, creyendo que eso cambiaría la situación, pero nada de eso iba a pasar, empecé a vagar entre movimientos estudiantiles y carreras universitarias que no eran nada de lo que se supone debían ser. Las profesiones que se ofrecían me alejaban más de cualquier aspiración crítica, intercambios vacíos que solo ofrecían un diploma. Ahora soy artista visual, o al menos eso certifica mis estudios terminados, pero dudo incluso si devendré algún día en un auténtico artista sobre todo considerando que en los círculos en que se mueve el arte todo asomo de pensamiento crítico se considera recriminable.

Las noticias recientes de Colombia me entristecen, pero eso no es nada nuevo, ahora me preocupa no lo que dicen en sí mismas, sino lo que las personas decimos sobre ellas, la violencia se apoderó del lenguaje y preferimos las balas a las ideas, en los círculos que llamamos adultos. Al enterarme de lo que pensaba buena parte del país del conflicto armado colombiano quedé anonadado durante varios días, sentí que me desvanecía entre lágrimas y dudas, las mismas que siempre he tenido; empecé a ver el conjunto de nuestro conocimiento como un absurdo, porque solo ha servido para justificar la barbarie y me niego una vez más a ser cómplice de la negligencia y la hostilidad.

Debo reconocer que me cuesta llevar el ritmo de la sociedad, me doy cuenta de las cosas muy tarde y ahora recuerdo el pasado que se carga de emociones y nuevas ideas que quiero que se queden conmigo por siempre.

Por eso siempre vuelvo, porque solía pensar que uno se volvía adulto, pero eso era un concepto inventado por los hombres para normalizar la población, para definir las aspiraciones de cada ser humano en un determinado rango de edad.

Me doy cuenta que no he cambiado, soy el mismo de hace unos años, viendo dibujos animados y desencantado con lo que el mundo que hemos pensado nos ofrece, solo que los años me han enseñado cómo entender ese desencanto, o cómo amar los dibujos animados no solamente por su espectacularidad sino por su carga crítica o cómo El Principito además de ser un cuento muy bonito es también un manifiesto de amor hacia la humanidad. Hoy no soy adulto, sino que los años me han cargado de saberes que me acompañan en la caminata.

Ahora he llegado a hacer las paces con lo que soy pero me siento más cansado, estoy tan acorralado por la muerte, que la vida es simplemente un día para mí. Algo ha cambiado, la espera se volvió más amena y lo que quiero es dialogar, hasta que ya el cerco se cierre y ponga fin a mi existencia.

En el fondo quiero hablar, de la misma manera serena en la que me hablaron a mí tantos pensadores que lograron traerme vivo hasta este punto, porque la escritura es una ceremonia, en la que los hijos del pensamiento completamos las cosas que nunca se dijeron, a aquellos que tan frecuentemente se desvanecen entre balas en un país que vive encima de un cementerio; yo solo quiero decir esas cosas que siempre olvido y que nunca sé cómo expresar.

Quiero recordar cómo transitar este camino de la vida para hacer algo que creo que vale la pena, porque este mundo está lleno de polvo tóxico, que nos llena de rabia y tristeza, porque ahora no hay nada más que polvo y tratamos de ver pero no se ve nada, cuesta respirar entre tanta violencia, no logramos pensar, no logramos enlazar un pensamiento cuerdo, reaccionamos por instinto: respiramos y abrimos los ojos para trabajar y seguir, olvidando todo lo que este mundo puede llegar a ser, porque nos vendieron la idea de que no se puede hacer otra cosa.

La capa de polvo que cubre estos tiempos ha quedado de viejas batallas que anularon los sentimientos y acabaron con las promesas que no deberían haber desaparecido, por eso uno debe parar a escuchar los latidos y pulsos que vienen de adentro.

Yo no sé quién soy y hace mucho tiempo que no sé si lo que hago sirve realmente de algo, pero eso ya no importa, hace tiempo hice unos votos sinceros, y al final, tras el pasar de los años, el eco de esa promesa de niño retumbó en mis cimientos, y por eso aquí estoy, renovando mi palabra en cada texto, sin condiciones, sencillamente por el hecho de renovar esos votos que un día pronuncié, todo lo que ha pasado alrededor de mí ha logrado rescatarme de un abismo y descubrirme la libertad. Todo eso nunca me abandonó, a pesar del polvo tóxico que sigue en el aire envenenando el pensamiento y los soldados de las batallas viejas que aún quieren derramar sangre por sus ideales negligentes y tontos.

Soy un humano en eterno conflicto, porque aunque la paz es el fin que siempre persigo, nunca será la recompensa. La recompensa está en seguir caminado. El tiempo va pasando y nos muestra los caminos, que nunca son los mismos, lo único que queda es caminar.

Sigo siendo el mismo que se cae y se levanta, que mira dibujos animados, que lee y que crea siempre con lo que tiene a la mano, porque la niñez no existe, ni tampoco uno llega a ser adulto, mucho menos viejo, lo que hay es un conocimiento que siempre se alimenta para mantener el cuerpo en pie, para reconocer cada vez más lo turbulento de la existencia y la posibilidad de un camino diferente.

Guárdame en tus lecturas, porque es lo único que nos queda. Jamás podré estar tranquilo, mi mano pertenece a estas letras que son el reflejo de lo que soy. Hoy las dejo en esta carta que se irá flotando, como una de tantas que he arrojado a la corriente esperando que llegue a algún lugar.

 

Hace tiempo hice unos votos sinceros y al final, tras el pasar de los años el eco de esa promesa de niño retumbó en mis cimientos. Aquí estoy, renovando mi palabra en cada acción, en cada cosa construida y en cada texto, sin condiciones. Todo lo que ha pasado alrededor de mí ha logrado rescatarme de un abismo y descubrirme la libertad. El arte es ese único camino que puedo caminar de manera honesta para dialogar con otros sobre esos detalles que parecen tan insignificantes pero que bajo la reflexión crítica del arte presentan su verdadera relevancia. Esta es otra oportunidad para dialogar, si se me permite, sobre las formas en las que la realidad se construye con cada palabra que pronunciamos y cada imagen que presentamos.

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