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Cuestiones del vacío y lo invisible que desatan imágenes temporales

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Atravesar la puerta de vidrio de NC-arte para entrar al Museo de Arte de la Universidad Nacional. El portal abre un espacio interior que se convierte en dos. Y así, dos puntos en la ciudad dan la sensación de ser uno solo. Son dos localidades que funcionan como contenedores para el arte. Y uno de ellos imita las características del otro, elevando el lugar remoto –y tal vez a él mismo– de edificio y de terreno a otra cosa, a algo más.

Bajo la puerta de NC-arte se dibuja una media luna de cemento que se delimita por las baldosas del otro lugar, y visto desde arriba en horas de la tarde de un día soleado, la imagen producida es convergente. No solo la convergencia de esos dos lugares/espacios, sino que el sol entrando por las ventanas y las puertas dibujan formas cambiantes en las superficies del sitio. Aquello se convierte en un indicio de la ubicación que estos dos sectores tienen en la ciudad. El sol de la tarde golpea por el lado occidental, lo cual lleva a considerar el punto cardinal de ambas zonas, resultando en que la transposición de uno en el otro coincida.

Los límites del contenedor son menores que los del espacio remoto, por lo cual su profundidad se desborda, incrustándose en las paredes y en los techos, aun así, el suelo, en cuanto marca funcional del límite inferior, permanece igual en ambos lugares, pese a que los dos posean en su emplazamiento original diferentes alturas e inclinaciones. Hacia el norte, el desborde crea un punto de fuga que deja entrever una puerta con vidrio, la cual, en el ambiente original funciona como entrada, pero aquí funciona como característica de ese allí, que también es un puente a lo invisible, a lo que no está; vemos algo, pero al mismo tiempo no lo vemos aunque lo escuchemos. Es el sonido que remite a una fuente específica, exacta: son los músicos que tocan sus instrumentos, son la conexión entre el emplazamiento original y este temporal. En ese allá, el portal de la puerta nos deja salir y encontrar músicos que accionan sus instrumentos en el conservatorio –en algún punto septentrional–, en el aquí, músicos se ubican en el interior uniendo la experiencia sonora e invisible del afuera con el adentro de un mismo lugar remoto, aunque presente.

Aun así, esta dimensión sonora en el espacio es más compleja que los músicos actuando. Al caminar por allí las pisadas producen sonidos y revelan pisos que suenan vacíos y pisos que no, pisos que producen resonancias metálicas, y si el recuerdo falla en cuanto a qué pertenece al lugar remoto y qué no, golpear con los nudillos algunas columnas y algunas paredes a veces revelan sonidos huecos. Lo mismo sucede al cuestionar el techo en el segundo piso, su resonancia lo delata como algo vacío. Y pese a que vemos los instrumentos musicales, y en general, a los objetos que producen sonido, no somos capaces de ver las ondas viajando a través del vacío. Aunque es justamente ese vacío el que nos permite apreciar la instalación, nos permite desplazarnos por todo el lugar, experimentándolo. Así pues, existe una profunda comunión entre las cosas invisibles que están aconteciendo allí: el sonido remite a una ausencia espacial interior y a una invisibilidad del emplazamiento originario.

De igual forma las características interiores del edificio contenedor se funden con las características interiores del edificio remoto, generando una mezcla que oscila entre lo homogéneo y lo heterogéneo, haciendo inevitable que el recuerdo propio salga y se instale como una visión paralela a la visión presente que se experimenta en NC-arte. Y en la transposición de la imagen del recuerdo con la del presente se coteja el pasado borroso con el recuerdo nítido, entonces el tiempo aparece en el espacio. El tiempo de la evocación, y si acaso, de la ensoñación: de ver el pasado en el presente.

El espacio del lugar. El lugar del espacio de Nicolás Consuegra abre una relación de vaivén entre los lugares/espacios que usa como materiales constitutivos de su obra. El espacio contenedor tiene una propiedad de permanencia en el tiempo, mientras que el edificio remoto que instala allí se ve transformado en una imagen temporal pese a que en su emplazamiento original sea un espacio permanente. Así pues, un lugar no es sólo un lugar justamente como un espacio no es sólo un espacio, ambas categorías se van componiendo de múltiples cuestiones. Cuestiones que aparecen por nuestras experiencias y elevan al simple –aparentemente– edificio contenedor, al simple lugar poseedor de varios tipos de relaciones internas/externas en un objeto único capaz de evocar relaciones y situaciones propias de los objetos más comunes al interior del arte contemporáneo. Aguzando la vista podemos observar cómo una construcción que contiene experiencias y objetos, se asemeja a un dispositivo museológico que igualmente genera experiencias dentro del mundo del arte, y por qué no, de la vida misma. Fotografías: Marcela Ramos

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