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El deseo de la imagen y el placer visual

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Nos encontramos sumergidos y absortos en la era visual, lo que ahora se denomina videosfera, la que nos presenta el mundo de las imágenes como principal medio para comunicar y/o recibir algo. Pero su uso no solo se restringe al de la expresión ni tampoco al de su reproductibilidad. Día a día vemos, creamos, transformamos, dañamos, copiamos, consumimos, interpretamos, analizamos, acumulamos, descuartizamos y deseamos imágenes; hacemos y nos hacen imagen.

La imagen se ha presentado como el recurso más utilizado para enseñar y perpetuar el tiempo y la memoria, pero su condición “maleable” la ha llevado a campos de manipulación y usos bastante amplios y diversos, que diluyen sus posibilidades como un ente de realidad y verdad. La imagen se ha expandido y se ha vuelto flexible hasta lo máximo; ya no se limita, no es tímida, no se avergüenza, y solo se muestra.

Ver también: Muéstrame una foto o no existes

La tecnología ha sido uno de los elementos clave dentro de esta configuración de la videosfera, pues además de impactar el resultado visual, también ha reformulado sus procesos. El acceso a las herramientas digitales ha otorgado cierto poder en la creación de imágenes y su difusión, a través de las distintas plataformas que otorga la internet, afectado esto también bajo el principio del conocimiento compartido y la libre circulación de la información.

Con la era digital, la imagen ya no solo se circunscribe al dibujo, la pintura o la fotografía. Actualmente la producción de imágenes se ha elevado de manera exponencial gracias a modos alternativos de creación y reproducción, sobrepasando los límites establecidos inicialmente –bidimensionalidad, inmovilidad, accesibilidad, velocidad, etc.– y llegando a nuevos formatos que la hacen dinámica y viva por sí sola; ahora se vale de la pantalla –escenario de difusión– para ser visualizada y expandir su lenguaje a lo largo del planeta, sin importar el idioma, las distancias o las culturas.

Desde el video, pasando por los memes, hasta los gifs y podcasts, las imágenes se configuran de diferentes maneras, no solo porque las herramientas tecnológicas así lo permiten, sino también, y principalmente, porque el consumidor visual así lo requiere. Esa es la razón principal de este texto, de ahí que incluya la palabra deseo, pues gran parte del auge de la imagen, se debe precisamente a esa inquietud constante del lector/consumidor por adquirir más y “mejores experiencias visuales”.

El desligamiento parcial, no total, de los objetivos básicos de la imagen, el conocimiento y la memoria, puede hacernos pensar que la motivación para manipular o “manosear” las imágenes va igualmente ligada a un asunto de deseo, entendiéndolo como la necesidad de saciar un capricho o un antojo. Se genera un sistema de deseo a través de un dispositivo visual como fuente para generar y activar al mismo tiempo, sensaciones y emociones que tienen su origen en la imagen. De esta manera se dilata lo propuesto por el refrán todo entra por los ojos, pues a partir de la era visual en que vivimos, las características superficiales de la imagen cumplen un papel secundario, ahora una de las prioridades se encuentra en las percepciones del lector/consumidor.

Es importante considerar entonces la producción masiva y la acumulación de imágenes como vehículo para complacer el deseo visual y por tanto experimentar bienestar y un cierto placer. En este punto, la acumulación, más que la producción, ayuda a mitigar un poco esas necesidades, pero cabe también cuestionar cómo esa acción cumple su objetivo final ¿Todo aquello que acumulamos entonces es esencialmente útil para satisfacer el deseo visual? O ¿Qué imágenes hacen parte de nuestro placer visual, más allá del hedonismo o lo trivial? Aquí será importante también dejar abierto el inicio de la discusión acerca de nuestro consumo visual y nuestro comportamiento frente a los contenidos generados en la videosfera, colocando como punto de partida del análisis algunas de las ideas aquí señaladas, más todo aquello que pueda surgir de la experiencia individual de cada lector/consumidor.

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Mientras tanto, la imagen se sigue reproduciendo cada milésima de segundo, sumando una cantidad incalculable y saturando los diferentes canales en los que se inserta. A pesar de ello, seguiremos sin satisfacer nuestro deseo visual, y contrario a lo que se podría pensar, nuestro apetito parece crecer con la mirada que lanzamos a cada imagen.

Fotografías: Alejandra García

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