Escribir y resistir por el arte, la crítica y la teoría

Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas II

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En una serie de pequeños capítulos, Gustavo Villegas nos conduce por algunas de las características que acoge el gusto en nuestros días, introduciendo conceptos como el buen y mal gusto, el gusto ostentoso, popular y cualitativo, así como también haciendo alusión al lugar que ocupa en estos ámbitos la alta cultura, con sus equivalentes de tradición, civilización y legitimación. A través de ejemplos propios de nuestro contexto, el autor relaciona sus ideas con casos específicos y reales que permiten al lector observar e interpretar la importancia de abordar dicha cuestión en el campo del arte y la cultura. Presentamos en esta  entrega la segunda parte de Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas.

II

El 31 de julio del año 2013 el periódico El Colombiano publicaba una columna de autoría de Juan Gómez Martínez, titulada Museo de Hantioquia. Por aquella misma época en la parte superior de la fachada del Museo se  podía leer en letras rojas la palabra Hantioquia. Las letras hacían parte de la exposición “Antioquia: diversidad e imaginarios de identidad”, y habían sido ideadas por el artista Fernando Arias. La columna de Gómez Martínez rechazaba con vehemencia la inclusión de dicha obra en la muestra, más aún, le negaba la categoría de expresión artística a la misma. El columnista señalaba: “dicen que eso es arte, yo no creo que la desorientación, que los errores, que la ofensa a un pueblo y a una región puedan convertirse en arte.” Más adelante señala también que la inclusión de una obra basada en el célebre lienzo Horizontes de Francisco Antonio Cano y que muestra a Pablo Escobar señalando el horizonte, obra de Carlos Uribe, constituye también una ofensa a la sociedad: “¿Será que le indica a la juventud el camino de la droga? ¿De la perdición a la que llevó a los jóvenes del mundo entero?”

Es notoria la declaración de mal gusto en las obras analizadas por Gómez Martínez, pero es un detalle al final del artículo, que podría considerarse un agregado marginal del mismo, el que mejor refleja uno de los principios más preciados del gusto cualitativo. El autor declara que es un error no incluir las fichas técnicas de las obras al costado de cada una, sino reunidas al inicio de la sala. La necesidad de orden, de regularización, que demanda el gusto cualitativo, se hace aquí evidente.

Pero no se trata de un orden sin justificación alguna. La necesidad de nombrar cada uno de los objetos expuestos, responde a una labor pedagógica, a la que Gómez Martínez, y los demás cultores del gusto cualitativo, no están dispuestos a renunciar. Porque es por medio de la labor pedagógica que se garantiza la transmisión y recreación de los valores del gusto cualitativo. En otras palabras, en la medida en que es el capital cultural el punto nodal de la estructuración del gusto cualitativo, es necesario garantizar la herencia de esos valores y criterios de juicio. Él exige del establecimiento de una tradición, una tradición constituida por códigos propios que demarquen la noción del buen y del mal gusto de acuerdo con las características de la obra de arte, del mobiliario, de la arquitectura, del vestuario, de la disposición del jardín y de todos los demás elementos que cotidianamente juzgamos como apropiados o inapropiados en el ámbito de la estética.

De allí también el papel fundamental de las instituciones en la promoción de esta postura del gusto. Es por medio de los museos, de las galerías, de los medios de comunicación, de los catálogos (no sólo artísticos, sino también de modas, de mobiliario, arquitectónicos y demás), de la crítica artística y cultural, además de un sinnúmero de instituciones culturales, que es posible no sólo el mantenimiento de los valores culturales de esta noción de gusto, sino también la promoción de los cambios y la admisión de nuevas modas y modelos en el ámbito del arte, la literatura y la cultura en general.

En este sentido, el gusto cualitativo implica toda una serie de mecanismos de legitimación. Éstos no sólo preservan los valores tradicionales de la alta cultura, también filtran nuevos valores y nuevas expresiones, estableciendo entonces sutiles modificaciones que, aunque mantienen la estructura general del campo cultural, admiten otras formas expresivas, así como diversas formas de legitimación.

Pero tras la crítica de Gómez Martínez también podemos percibir la exigencia del arte y la cultura como civilizadores. El respeto a los valores de un pueblo sólo es comprensible en la medida en que se entienda que las expresiones artísticas y culturales participan de la tarea civilizatoria, junto con otros campos como la política o la economía. La reivindicación del columnista se enmarca entonces en uno de los aspectos más valiosos de la modernidad: entender el papel civilizador de la cultura, elemento imprescindible en el desarrollo de cualquier sociedad. Esta noción, que podemos rastrear hasta los inicios mismos de la época moderna, resulta significativa en la obra de Baltasar Gracián (1601 – 1658). Gracián planteó en El discreto la necesidad de crear un “hombre en su punto”, un individuo cuyas cualidades demostraran un alto nivel cultural. El jesuita español estableció además una comparación con los altos niveles civilizatorios de la Antigüedad, especialmente en los romanos, mostrando cómo la promoción de la cultura iba de la mano con el mejoramiento de las demás características de una civilización.

La cultura como civilización implica además el reconocimiento del arte como un elemento principal en la formación del individuo de buen gusto. Esta concepción está fuertemente ligada con la fundamentación del mundo moderno, especialmente con la reivindicación del arte durante el Renacimiento. Baltasar de Castiglione (1478 – 1529) planteó en El cortesano, que un individuo perteneciente a la corte además de contar con un noble linaje, saber utilizar las armas, tener un cierto dominio de la retórica, entre otros aspectos, debía tener conocimientos en los ámbitos de la pintura y la música. No se trata simplemente de conocimientos teóricos, sino también del saber ejercer estas artes.

En Castiglione se encuentra uno de los fundamentos del gusto cualitativo: la noción cortesana del arte y la cultura. El cortesano debe diferenciarse de los demás sectores de la población, y ello no sólo lo logrará por la cantidad de dinero y poder que pueda acumular y ejercer, sino también por el aprendizaje de unos códigos y pautas de conducta, en suma, por el conocimiento de unas disciplinas y artes ajenas a los demás miembros de la sociedad. Así, uno de los supuestos principales del gusto cualitativo, aunque en muchas ocasiones no sea explícitamente afirmado, consiste en la pertenencia a un círculo pequeño. En otras palabras, depende de la exclusividad y de la diferenciación social.

Fuente imagen: https://www.museodeantioquia.co/exposicion/antioquias-diversidad-e-imaginarios-de-identidad/#prettyPhoto

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Historiador de formación. Me dedico a la historia del arte en el campo de la docencia y la investigación en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Me interesa reflexionar a partir del ensayo sobre la historia y la teoría del arte, así como la conexión de los distintos campos artísticos.

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