Escribir y resistir por el arte, la crítica y la teoría

Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas IV

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En una serie de pequeños capítulos, Gustavo Villegas nos conduce por algunas de las características que acoge el gusto en nuestros días, introduciendo conceptos como el buen y mal gusto, el gusto ostentoso, popular y cualitativo, así como también haciendo alusión al lugar que ocupa en estos ámbitos la alta cultura, con sus equivalentes de tradición, civilización y legitimación. A través de ejemplos propios de nuestro contexto, el autor relaciona sus ideas con casos específicos y reales que permiten al lector observar e interpretar la importancia de abordar dicha cuestión en el campo del arte y la cultura. Presentamos en esta  entrega la cuarta parte de Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas.

Ver la primera parte aquí 

IV

No obstante, es posible encontrar individuos que, vinculados por parentesco con el gusto cualitativo, adoptan elementos del gusto de la ostentación. Son aquellos que asumen la necesidad de hacer alarde de su poder y, a pesar de pertenecer a familias de reconocido linaje, dejan de lado los valores culturales que han heredado y se concentran en hacer gala de su poder económico, político y social. Del mismo modo, hay individuos que, pese a no pertenecer a una de las altas capas sociales, adquieren rápidamente un capital cultural considerable, llegando a aprender códigos que son ajenos a su condición social de origen.

Fuente: http://banrepcultural.org/coleccion-de-arte-banco-de-la-republica/obra/pareja-bailando-0
Pareja bailando / Fernando Botero / Óleo sobre tela / 1987 Fuente: Museo de Arte del Banco de la República

En este sentido, aunque ambas actitudes parecieran tomar posiciones irreconciliables, existen de hecho mediaciones entre ellas. No sólo se trata de que sea posible la transición de un sector al otro, sino que incluso existen entre ellas puntos de contacto, dado que están integradas por diversas posturas, algunas más radicales que otras. En otras palabras, es posible encontrar en el medio toda una serie de individuos para los que resulta fundamental tanto la adopción de las normas establecidas por el gusto cualitativo, como el recurso a la ostentación de la riqueza adquirida o heredada.

Sin embargo, hay intentos fallidos de transición. Uno de los más célebres en los últimos años salió a la luz en abril de 2013, cuando la prensa colombiana divulgó que entre los bienes incautados por la Unidad de Extinción de Dominio y Lavado de Activos de la Fiscalía al narcotraficante Daniel “El loco” Barrera, se encontraba una falsificación de un cuadro del artista colombiano Fernando Botero que aquel había adquirido asumiendo que se trataba de una obra original. Se trata de una falsificación de la obra titulada Pareja bailando, que el artista finalizó en 1987.

Pero lo que se destacó no fue sólo el engaño sufrido por el jefe de la mafia, que para muchos resultaba ser una situación hilarante, sino principalmente las declaraciones del mismo artista, presentadas por el periódico El Tiempo: “es tan miserable, poca cosa, tan ridícula y vulgar, que no se necesita mucha explicación ni detalles para saber que ese cuadro no es mío”. Además, Botero rechazaba la idea de que él tuviera clientes como Barrera y afirmaba, entre risas, que “es un falso que le metieron. Le metieron gato por liebre, y eso me encanta”.

Varios elementos se desprenden de la declaración de Botero. Primero, que Barrera había sido engañado al haber comprado una falsificación completamente alejada del original al que intentaba imitar, por lo que era calificada como algo “miserable”, “ridículo” y “vulgar”; la copia reflejaba entonces el mal gusto del comprador. Segundo, al no ser necesaria una explicación detallada para demostrar la falsedad del cuadro adquirido por Barrera, era evidente que, más allá de su mal gusto, el comprador ni siquiera tenía nociones básicas del arte o no tenía, como diría Castiglione, “noticias del pintar”. Por último, resulta evidente el carácter ridículo de la situación, sumado a la diversión que le produce al artista. Le divierte además porque se trata del fracaso de intentar reducir una obra, de intentar someter el gusto cualitativo al gusto de la ostentación. Barrera deseaba alardear de la posesión de un objeto que, a la vista de Fernando Botero, no debía pensarse como objeto de ostentación, sino como contribución al arte de la pintura y, por ende, a la fundamentación del gusto cualitativo.

El gusto cualitativo se ha entendido a sí mismo como algo estrechamente relacionado con una tradición, que lo ubica justamente en la capa culta de la sociedad. Ello no implica, desde luego, que el gusto de la ostentación carezca de una tradición de vieja data. No se trata en este caso de la posibilidad de mostrar el capital cultural, sino de mostrar la riqueza e incluso la suntuosidad de los sectores adinerados. Es habitual que se asocie la noción de este grupo con los advenedizos, sujetos que han ascendido a una escala social superior a la que han pertenecido tradicionalmente, pero que no han adquirido los códigos y signos de conducta de la nueva capa a la que han accedido.

De allí que esta forma de enfrentarse al gusto no sea exclusivamente heredera del narcotráfico, sino que esté asociada con la movilidad social. Por ello parece propia de los comerciantes y de los nuevos ricos. Resulta tan antigua como el cuestionamiento a los privilegios señoriales. Uno de los referentes más claros de la actitud asociada al gusto de la ostentación está en una de las clásicas películas de Peter Greenaway. En El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), es posible evidenciar los contrastes entre ambas posturas frente al gusto. Michael, un bibliotecario refinado y culto, se convierte en la fiel representación del gusto cualitativo. Albert Spica, el mafioso interesado en despilfarrar dinero y en mostrar frecuentemente su dominio sobre el mundo circundante, constituye el fiel representante de la ostentación, que en este caso es presentada en todo el patetismo con el que tradicionalmente se le ha vinculado.

En el filme de Greenaway es inevitable la consideración de Spica como un representante del mal gusto, en tanto que sólo puede ostentar dinero y poder, ambos conseguidos por medio de la fuerza. Spica es el caso extremo del gusto de la ostentación, siempre atento a suscitar la mirada ajena y a reafirmar su posición central, encarna la postura del individuo que, al no poder acceder a los códigos culturales de una capa social alta, procura inventar sus propios códigos y se comporta como el actor principal en un escenario que es de su exclusiva propiedad. En Greenaway no hay mediación posible: o bien se ubica uno en el ámbito del buen gusto, en el mundo del bibliotecario, o se ubica en el universo de las fieras salvajes, donde el líder de la mafia impone sus deseos basados en la fuerza y su ignorancia en los delicados platos que ofrece el restaurante del que él mismo es propietario.

Pero es esta delicadeza la que le resulta tan chocante. Aunque algunos cultores del gusto de la ostentación pueden aspirar al aprendizaje de nuevas actitudes, otros desprecian ruidosamente las manifestaciones del gusto cualitativo. Las consideran muestra de amaneramiento y de debilidad. Por ello son más proclives a placeres fuertes y directos, que a placeres discretos y delicados. El gusto de la ostentación se fundamenta por tanto en una visión de lo masculino mediada por la rudeza y la agresividad. Y todo ello hace parte de los atributos distintivos de Albert Spica.

Fotograma de “El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante”

La actitud casi teatral de los cultores del gusto de la ostentación es uno de los elementos que los define con mayor claridad. La necesidad de ser mirados y, sobre todo, admirados, impulsa buena parte de sus decisiones y actitudes. El reconocimiento social es primordial para que el gusto de la ostentación tenga pleno sentido. Por ello es un ámbito en el que lo masivo se convierte en una exigencia. Frente a la idea de la exclusividad de un código compartido en el gusto cualitativo –una exclusividad que se espera sea apreciada por pocos– el gusto de la ostentación implica la exclusividad de los recursos materiales, una exclusividad que debe ser vista y admirada masivamente. Para ellos no tiene sentido la posesión si no es posible comunicarlo a un número notable de personas.

El gusto cualitativo espera que el museo, las editoriales, la televisión, el cine, y todo tipo de expresiones culturales, contribuyan a mejorar el capital cultural del público, demandando de éste el empeño y la disposición de aprender los nuevos códigos. Al gusto de la ostentación, en cambio, le importa poco la apropiación de un mayor capital cultural, porque le resulta fundamental el arte y la cultura simplemente como diversión masiva. Es en los grandes medios de comunicación y en la necesidad de transformar el mercado del libro a partir de grandes y rentables industrias editoriales, donde encontrará su expresión privilegiada. Será la cantidad –de público y de dinero– y no la calidad de las expresiones culturales, lo que se convertirá en su seña de identidad.

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Historiador de formación. Me dedico a la historia del arte en el campo de la docencia y la investigación en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Me interesa reflexionar a partir del ensayo sobre la historia y la teoría del arte, así como la conexión de los distintos campos artísticos.

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