Escribir y resistir por el arte, la crítica y la teoría

Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas V

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En una serie de pequeños capítulos, Gustavo Villegas nos conduce por algunas de las características que acoge el gusto en nuestros días, introduciendo conceptos como el buen y mal gusto, el gusto ostentoso, popular y cualitativo, así como también haciendo alusión al lugar que ocupa en estos ámbitos la alta cultura, con sus equivalentes de tradición, civilización y legitimación. A través de ejemplos propios de nuestro contexto, el autor relaciona sus ideas con casos específicos y reales que permiten al lector observar e interpretar la importancia de abordar dicha cuestión en el campo del arte y la cultura. Presentamos en esta  entrega la quinta parte de Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas.

Lee el primer capítulo aquí

V

En mayo de 2011 se desató una dura polémica con relación a la curaduría del Museo Nacional de Colombia. Las protagonistas fueron Beatriz González, curadora que hacía poco había finalizado su labor en esta institución, y Cristina Lleras, quien hacía relativamente poco tiempo había recibido el cargo de González. Las modificaciones que había sufrido el guión curatorial del museo despertaron las duras críticas de Beatriz González, al tiempo que generaron una fuerte defensa por parte de Cristina Lleras.

En el fondo del asunto se podía vislumbrar la pugna de dos perspectivas sobre las funciones que debían regir a un museo. Mientras que para Lleras, tal como lo afirmó en una entrevista recogida por la Revista Arcadia “la comunicación [del museo] es fundamental”, González afirmaba en entrevista recogida por el mismo medio que “la misión del Museo no es permanecer lleno de gente, sino preservar la memoria del país”. Así, la primera hacía énfasis durante buena parte de la entrevista en la necesidad de refrescar el guión curatorial, con el propósito primordial de atraer más público. Desde su punto de vista se trataba de acercar el museo a un público que hasta el momento no se había aproximado a él.  La segunda reivindicaba en cambio la necesidad de preservar la idea del museo como un relato de la memoria histórica del país, presentado de forma coherente y cuidadosa. Desde luego sería ingenuo afirmar que no le interesa la relación del Museo Nacional de Colombia con el público, pero asume que es necesario acercar el público al museo y no a la inversa. Es decir, mientras que en la primera perspectiva, bajo el disfraz de una labor pedagógica del museo, se ofrecen contenidos que poco o nada contribuían en la formación del público, en la segunda se presentaba un contenido que podría dinamizarse, aunque sin modificar su planteamiento inicial, con el propósito de que el público se acercara al museo y comprendiera los procesos históricos y artísticos que allí se exponían.

Vista general de la Estación Pueblo

Uno de los puntos nodales del debate fue el fracaso de la exposición del Bicentenario de la independencia Las historias de un grito. 200 años de ser colombianos, presentada por una agencia publicitaria como el “Chebicentenario”, aceptado por las directivas del museo. Pese a la ambigüedad que el nombre, la exposición y el guión curatorial mismo presentaban, la curadora justificaba las decisiones y asumía que las estadísticas de las visitas eran fiel reflejo del éxito: “solo queríamos que a la gente no le pareciera un ladrillo ir a ver algo del Bicentenario en el Museo Nacional. Lo cual [sic.] ocurrió, porque a la exposición vinieron 134.000 personas y cuando hicimos las encuestas muy pocas personas se habían enterado de la exposición por la campaña publicitaria”.

Sin embargo, la forma desordenada de presentar las piezas, en las que se mezclaban sin orden las obras de arte, con los objetos pertenecientes a personajes históricos y un número representativo de electrodomésticos, hacían que la propuesta mostrara un grave descuido y contradijera el carácter pedagógico que se esperaría en un museo. En la exposición se podía ver el desconcierto de algunos de los visitantes frente a los televisores, que presentaban programas de alrededor de 50 años de antigüedad, pero sobre todo frente a otros aparatos eléctricos. Una antigua nevera, sin relación alguna con las piezas circundantes, carente de una ficha o de un texto explicativo, dejaba perplejos a buena parte de los espectadores, que decidían darle una mirada rápida para continuar el confuso recorrido.

La postura de la misma González fue de una notable dureza: “esta niña, nieta de presidente y todo eso, trabajó muy bien conmigo, me ayudó mucho y por eso la recomendé. Pero yo no me di cuenta de que ella no sabía de arte, no me di cuenta de que no tenía buen gusto”. Estas palabras revelan uno de los aspectos más significativos de este episodio: no sólo se trata del debate entre una de las versiones del gusto de la ostentación y una de las versiones del gusto cualitativo, sino además de la muestra fehaciente de que ellos no están necesariamente vinculados con la pertenencia social de un individuo. La nueva curadora, pese a pertenecer a una familia de condición social, económica y política considerable, se ocupa del factor comunicativo del museo, en la capacidad que éste tiene de ostentar los elementos que alberga. González, en cambio, representa la exigencia de promover el aprendizaje de los códigos culturales y no solamente el conocimiento de los objetos expuestos.

Mi Lucha / Beatriz González / Serigrafía / 1974 Fuente: Casas Riegner

Es fundamental recordar uno de los principales aportes que, en otros ámbitos, ha realizado Beatriz González. Se trata desde luego de su contribución artística a la cultura del país. Tal como ella misma ha señalado en el documental de Diego García  Moreno Beatriz González ¿Por qué lloras si ya reí?, uno de sus problemas artísticos fundamentales fue el asunto del gusto. Al estudiar con detenimiento las características del gusto popular, González consigue incorporarlas en obras que el circuito del arte incluirá en el ámbito de la alta cultura. En esta transición no hay, desde luego, una actitud burlona hacia lo popular, lo que sí puede apreciarse en la actitud irónica de otros artistas que, como Juan Camilo Uribe, se han valido del kitsch en sus obras. Esta actitud irónica supone mantener intacta la noción de mal gusto asociada a algunos objetos o imágenes, mientras que en la obra de González hay una apropiación de lo popular que redefine las nociones de buen y mal gusto.

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Historiador de formación. Me dedico a la historia del arte en el campo de la docencia y la investigación en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Me interesa reflexionar a partir del ensayo sobre la historia y la teoría del arte, así como la conexión de los distintos campos artísticos.

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