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Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas VI

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En una serie de pequeños capítulos, Gustavo Villegas nos conduce por algunas de las características que acoge el gusto en nuestros días, introduciendo conceptos como el buen y mal gusto, el gusto ostentoso, popular y cualitativo, así como también haciendo alusión al lugar que ocupa en estos ámbitos la alta cultura, con sus equivalentes de tradición, civilización y legitimación. A través de ejemplos propios de nuestro contexto, el autor relaciona sus ideas con casos específicos y reales que permiten al lector observar e interpretar la importancia de abordar dicha cuestión en el campo del arte y la cultura. Presentamos en esta  entrega la sexta y última parte de Entre la calidad y la abundancia. Facetas del gusto en las sociedades contemporáneas.

Lee la primera parte aquí

VI

En este sentido, podemos identificar un tercer factor que acompaña al gusto cualitativo y al gusto de la ostentación y que en ocasiones pasa desapercibido en los medios y referencias al gusto artístico en específico. Se trata del gusto popular. Con alguna frecuencia se confunde el gusto de la ostentación con el gusto popular, pero se trata de dos versiones del gusto con objetivos y motivaciones diferentes. Mientras que en el gusto de la ostentación se alardea teniendo como factor primordial el dinero, el gusto popular no implica necesariamente el alarde, pues está más cerca de la noción de ornamento. Resulta perceptible en las fachadas de las casas de los barrios populares y en humildes casas campesinas: la idea de la decoración que no se mantiene atrapada entre las cuatro paredes del interior, sino que salta a la fachada, que se apropia del espacio y sirve como carta de presentación de los habitantes de la vivienda. Estos signos de distinción, los colores fuertes, los adornos que cuelgan de techos o se muestran en las ventanas, no requieren de grandes sumas de dinero y, sin embargo, son muestras fidedignas de los gustos y preferencias de los sectores populares. En el interior también hay todo tipo de imágenes –religiosas y seculares–, colores intensos en muebles, en los marcos de los cuadros o en diversos objetos, incluidos muñecos que adornan los espacios.

Pero el gusto popular ha sido tradicionalmente invisibilizado. Sólo se advierte por las mediaciones de obras artísticas, literarias, filmográficas o televisivas, pero en muchas ocasiones desnaturalizado, entendido con un sentido diferente al que asumió originalmente y, por desgracia, asociado frecuentemente con el mal gusto. No es gratuito que en el cine y en la televisión se asuma que aquellos cultores del gusto popular hacen tránsito al gusto de la ostentación una vez que se acrecientan sus recursos económicos, como si en el gusto popular descansara implícito el gusto de la ostentación. La mediación que Beatriz González propone es de otra naturaleza, al igual que ha ocurrido con representantes de la literatura, del cine, entre otros; ella incorpora elementos populares en una obra que no teme a lo ornamental y que, con ello, reivindica el papel de lo popular en el ámbito del gusto y de la cultura

Frente a la oposición entre el gusto cualitativo y el gusto de la ostentación, el gusto popular se presenta como una alternativa arraigada en tradiciones más profundas. Mientras aquellos aspiran a una definición del buen y del mal gusto, con éste percibimos cuánto de convencional hay en todo ello. En la medida en que el ornamento va más allá del adorno vacío y sin interés, en la medida en que se convierte en un signo de identidad, el gusto popular vuelve al carácter comunicativo de los códigos culturales, vuelve al ámbito de comunicar con claridad, de presentarse al otro por medio de lo lúdico. Gadamer afirmó que el arte es juego, símbolo y fiesta, y con ello advirtió el carácter profundamente antropológico de las expresiones artísticas. En las sociedades contemporáneas ello está más cercano de lo que imaginamos y el gusto popular así lo demuestra. Las elecciones cotidianas en el vestuario, la fachada de la casa, el aroma de los perfumes que utilizamos, todo ello confluye en la necesidad de diferenciarnos, de imponer un signo propio en la multitud.

Desde luego, ni el gusto de la ostentación ni el gusto cualitativo son ajenos a ello, pero mientras éstos se mantienen en el juego entre complejos códigos heredados y la exigencia de la posesión del dinero, el gusto popular ofrece una alternativa en la que la expresión del gusto retorna a la simple expresión antropológica, a los principios básicos del ser humano. Ejemplo de ello es el ámbito del mercado del arte. En él confluye el poder, el dinero y el conocimiento del lenguaje artístico, ¿dónde está allí la condición prístina del arte? ¿Dónde el carácter de juego símbolo y fiesta del arte? Fuera de las paredes de las galerías y de los museos encontramos un universo popular en el que lo lúdico y la estética, entendida en su sentido más amplio, tienen una enorme vitalidad y ocupan cada uno de los días y noches de los hombres y mujeres que, sin saberlo, ejercen su derecho a la cultura.

Desde luego, no es conveniente ni necesario suprimir ninguna de las manifestaciones del gusto. Todas ellas seguirán conviviendo, con contactos, influencias y tensiones. Mientras que el gusto cualitativo y el de la ostentación seguirán señalándose mutuamente e invalidando el derecho de decidir entre lo que es de buen y de mal gusto, el gusto popular seguirá mostrando cuánto hay de convención en todo ello y continuará cuestionando la profunda separación entre lo bueno y lo malo. El gusto popular seguirá siendo una cantera para establecer nuevos juegos de apropiaciones, donde las imágenes, los objetos y las actitudes populares se doten de nuevos significados y aparezcan como producto de las otras nociones de gusto.

El fenómeno del gusto es un juego entre la permanencia y la novedad. Por ello seguirán existiendo las oposiciones y las mediaciones. Las relaciones que se tejen en los juicios de gusto son dinámicas y esto implica que su duración es siempre limitada. Ese es su estado habitual: la permanencia del cambio. Todo ello es fiel reflejo de la complejidad que implica la elección y la preferencia en las culturas contemporáneas.

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Historiador de formación. Me dedico a la historia del arte en el campo de la docencia y la investigación en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Me interesa reflexionar a partir del ensayo sobre la historia y la teoría del arte, así como la conexión de los distintos campos artísticos.

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