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INTERSECCIONES CAPÍTULO V: Théodore Géricault & David Nebreda

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Visiones de la demencia en la obra de Théodore Géricault & el abismo que perturba la fotografía de David Nebreda

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Afirmaba Goethe con elocuencia, que la locura no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma. El siglo XIX, siglo consecuentemente agraviado después de que las estructuras sociales concibieran a su antecesor como “el siglo de la razón”, donde esa razón creyó triunfar definitivamente sobre el oscurantismo de la “era religiosa” y cuyo resultado, contradictorio hasta el absurdo y devastador hasta lo profundo del ser, solo pudo ser expiado a través del arte.

El gran error ha sido siempre creer que el hombre puede dominarlo todo. Primero separado de su “principio” que fue erróneamente nombrado de diversas y amañadas maneras por las manías religiosas; en el siglo XIX solo podía existir un ser que se sentía arrojado al abismo de una existencia inexplicable. “El sueño de la razón produce monstruos”, escribió Goya en uno de sus más conocidos grabados en 1797, aquella afirmación abarca el problema del despotismo ilustrado, donde el pensamiento racional rompe con la misma noción humanista y cuya conclusión fue el derramamiento de sangre junto con las guerras jamás pensadas.

***

Pero no solo las guerras sociales agobiaron el espíritu del hombre en la época romántica; el romanticismo, movimiento que tuvo su cúspide a fínales del siglo XVII, se constituyó como una suerte de revolución artística, (¿estética?) contra el pensamiento racionalista más radical, que apoyaba la Ilustración al mismo tiempo que imperaba un estilo neoclásico, con la claridad estructural y un predominio del dibujo sobre el color, como algunas de las características formales de la pintura, la cual, estuvo un poco en contra del absolutismo racional del siglo, pero el romanticismo no sería tímido y daría absoluta prioridad a los sentimientos por sobre la razón en las creaciones del arte. Sin embargo, es justo advertir que esta valoración de los sentimientos sobre la razón en la época romántica no puede ser comparado con un arte perezoso y mediocre que justifica la falta de estructura y pensamiento en las obras, atendiendo a un supuesto “impulso creativo” de donde surgen los cuadros más insustanciales y banales que el artista de hoy pretende justificar, desde conceptos que ya han pasado a la historia. No, los artistas del romanticismo fueron paradójicamente virtuosos metódicos que vigorosamente nos presentaron las tempestades de la existencia humana, de una forma magistral.

Théodore Géricault (Ruan, 26 de septiembre de 1791-París, 26 de enero de 1824), fue un joven prodigio que a sus 29 años pintaba con tal maestría que fue digno de la admiración de todos, pese a su corta carrera, dado que muere a los 32 años. Géricault nos dejó sus visiones de la enfermedad, la demencia, el desarraigo espiritual y todo lo que produce la falta de cordura en el hombre. La balsa de la Medusa (1818-1819) obra magna de este pintor romántico es, a mi juicio, una antología de las más extremas emociones humanas. La pintura representa una escena del naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, estancada frente a la costa de Mauritania el 2 de julio de 1816. 147 personas, se dice, quedaron a la deriva en una balsa construida apresuradamente, y todas ellas, salvo 15, murieron durante los 13 días que se tardó en rescatarlos. Los supervivientes debieron soportar hambre, deshidratación, canibalismo y locura. Quizás el artista utilizó un tema que sabía, causaría impresión y un gran interés público que le ayudara a impulsar su carrera; nada distinto a lo que hacen ahora los artistas que se sienten “conmovidos” por hacer un arte social, con la marcada diferencia de que en La balsa de la Medusa hay una tremenda demostración de virtuosismo técnico, conocimiento y habilidad, algo que poco vemos en el arte “político” de ahora.

Además de lo anterior, es probable que dentro de la amalgama de egolatría disfrazada de sufrimiento y del falso altruismo que se preocupa por los horrores del mundo, haya artistas cuya obra no podría ser ni una impostura, ni falsa, porque ellos mismos de manera terrible, la encarnan. David Nebreda (Madrid, 1 de agosto de 1952) ahora con 65 años es uno de los artistas más brutales y desgarradores que utiliza el cuerpo como herramienta de trabajo, siendo ese cuerpo propiamente “la obra de arte”. A los 19 años le diagnosticaron esquizofrenia nerviosa, una terrible distorsión de la realidad conocida como una enfermedad propia de la era moderna que lo obligó a reclutarse y aislarse de todo contacto con el resto de los hombres. La obra de Nebreda es ineludiblemente siniestra, porque como ya lo advertía Schelling, lo siniestro (Das Unheimliche) es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado. El arte es un vehículo para revelar cosas, lo ha sido desde que un primer ser humano puso la huella de su mano en una caverna y, sin embargo para Nebreda, la creación artística es absolutamente secundaria y esto lo deja en claro en una complicada entrevista con la periodista Virginie Luc:

V.L.-Cuando ud. se deja aldelgazar y somete su cuerpo a mutilaciones, se sitúa físicamente en peligro de muerte… ¿No es este un paso extremo en la creación artística?

D.N.- Desde el momento en que no podemos hablar desde la autoridad moral del límite muerte, ningún otro nos parece suficiente ni legítimo. Hay dos hechos de referencia, el nacimiento y la muerte, y entre ello procuramos definirnos por lo que no es, y unas de las cosas que “no es” es la conciencia de la muerte. Pero no sé muy bien que quiere decir ud. con “creación artística”.

V.L.- ¿Cuál es, según ud. la “función” de su obra? ¿Se siente ud. “investido” de alguna misión?

D.N.- Discúlpeme, pero esta es una pregunta característica de una psiquiatra torpe, de cualquiera de ellos. Ya lo he oído varias veces, y, desde luego, un paranoico que se precie jamás le contestará. Como mucho, sonreirá.

Se menciona que conocemos su obra gracias a que el galerista Renos Xippas vio algunas de sus imágenes y decidió hacerle una exposición en su galería en Paris, aunque su nombre no aparezca en la nómina de artistas; allí, Léo Scheer, editor, filósofo y crítico quedó tan impactado que ha publicado varios libros con sus trabajos. Paradójicamente se pregunta uno, cómo un hombre “mentalmente desequilibrado”, logra fotografías técnicamente tan correctas y una obra formalmente bien lograda, más allá de sus aterradoras imágenes. Quizás entonces el poeta Friedrich von Hardenberg estaba en lo cierto cuando decía que “El caos debe resplandecer… bajo el velo incondicional del orden”.

Si Nebreda sobrepasa los límites entre lo terrible y lo grotesco con las imágenes tortuosas de su propio cuerpo, Géricault fue un experto en mostrarnos a través de su pintura, los horrores de las torturas que fueron soportadas por los cuerpos de los hombres y mujeres cuya libertad de pensamiento y autonomía estuvo amenazada por un régimen monárquico sanguinario -marcas con hierros candentes, la picota, el látigo, decapitación con distintas armas, degollamiento, ahorcamiento, hoguera, desmembramiento entre otras-. Así forman una dupla entre representación y presentación de las guerras exteriores e interiores que ha tenido que lidiar el hombre.

En su libro Sobre la fotografía, Susan Sontag advierte que no es lo mismo presenciar una operación en un quirófano que ver fotografías sobre ello. No es lo mismo, porque in situ, el que observa puede ser dueño de lo que mira, mientras que, en una fotografía, nuestra mirada es dirigida por quien compuso la escena sin opción alguna por nuestra parte. Es en este sentido que cuando vemos una pintura de Gericault, aunque nos parezca terrible -por mencionar una categoría- sabemos que la pintura como “forma de expresión” es una narrativa que puede evaporarse, pero deja la materia de la que se alimenta su existir y tiende a neutralizar la representación -por terrible, feo, grotesco o siniestro- en lo ilusorio, y esto nos devuelve el descanso. Con Nebreda, en cambio, nuestro ojo se encuentra de lleno con una imagen a priori desagradable. Sus fotografías revuelven el estómago y nos inducen a cerrar los ojos frente a tan turbadora realidad. Lo que en pintura nos agrada, aunque estemos ante las pinturas de Goya, Caravaggio, Bacon, Lucian Freud, y por supuesto Géricault, en fotografía nos repele; mejor ver aquello escabroso en una dimensión histórica tan alejada de la vida real, que no le permita hacer pate de nuestra vivencia ¿o será que ese sentimiento de revulsión a la fotografía de Nebreda se deba a que sabemos que aquello grotesco ya hace parte? Théodore Géricault y David Nebreda nos muestran los retazos arapientos de una realidad lesionada. Ambos artistas presentan una obra absolutamente introspectiva, no egocéntrica y jamás superficial, sino una introspección que se sabe necesaria para purgar unos cuantos demonios atrapados en la pisque y, consecuentemente en el cuerpo que la abraza.

Soy la herida y el cuchillo!

¡Soy la bofetada y la mejilla!

Soy miembro y la rueda,

¡Y la víctima y el verdugo!

Estoy en mi corazón al vampiro,

Uno de los grandes abandonados,

La risa eterna condena,

¡Y que ya no puede sonreír! “ 

Charles Baudelaire

En 1822 Théodore Gércault realizó una serie de diez cuadros de personajes con demencia de los cuales, desgraciadamente solo se conservan cinco; enfermos mentales cuya psicopatología encontraba reflejo en sus rostros y, muy particularmente, en sus miradas. Para todos ellos, fueron utilizados modelos reales que se encontraban en el hospital Salpêtrièreen, puesto que el encargo -según fuentes- fue realizado por el psiquiatra Jean-Étienne Esquirol quien a través de esta serie de retratos pretendía obtener una compilación de expresiones de la locura, un hecho que impactó a la crítica y a la sociedad del momento porque los enfermos mentales en aquel entonces eran considerados como “no humanos”. Así, pintados con una crudeza magistral, cada uno de esos retratos nos evidencia por separado, lo que en Nebreda podemos encontrar en una sola imagen. Los protagonistas de los cinco retratos conservados son: un cleptómano, una ludópata, un monomaníaco del mando militar, un monomaníaco del rapto de niños y una monomaníaca de la envidia. “Géricault supo transmitir la angustia interior de cada demente. Gracias a su habilidad técnica, la atención del espectador se centra en la expresividad de los gestos, que son destacados mediante la iluminación. Cabe señalar, además, que todas las monomanías[1] representadas tienen relación con la vida de las personas en sociedad: la envidia, el robo, el juego, el rapto de niños y la necesidad de imponer órdenes son producto de una dinámica social desviada que el pintor quiso evidenciar”. Por lo demás, se dice que el propio artista había tenido sus trastornos psiquiátricos que aparentemente fueron tratados. De ahí, se dice, la cierta simpatía con la que retrata a estos personajes. Ya en el siglo XIX, de la mano del surrealismo, la locura era la forma suprema de rebelión, fue “el gran no” de la mente a una forma de vida intolerable; por lo cual, el arte de “los locos” fue como un manantial de donde brotaban imágenes obsesivas, revulsivas, espontáneas y sin ser censuradas por la mente consciente que todo lo falsea y lo disfraza.

Alejándose de la ridiculización a los personajes, Géricault a través de la representación de la locura, asume quizás para sí mismo, una auténtica efigie clínica, rompiendo con las reglas tradicionales del retrato, insistiendo especialmente en sus miradas desorbitadas. De ahí que, pese a ser el “prototipo del pintor romántico” y un prodigio de su época, no fuera muy dado a recibir grandes encargos. Por otro lado, hablar del valor comercial de la obra de Nebreda, sería incluso inadecuado, en tanto que el artista dice que nada le interesa el asunto comercial porque poco necesita para sostenerse en su vida diaria. En sus fotografías aparece casi siempre desnudo, con la piel pegada a los huesos y el cuerpo lacerado, así como también embarrado de su propio excremento. Se autolesiona causándose quemaduras, heridas, llagas, pero hay algo allí en esas desbordadas imágenes que no parecen hechas para el escándalo o el impacto inmediato como es habitual en los performances que usan la automutilación y la sangre, en tanto que, de hecho, hay en toda su obra aquello íntimo que nos obliga a mirar hacia dentro de nosotros mismos y no hacia el afuera del mundo del espectáculo:

 “Nebreda ha bajado al abismo más oscuro de sí mismo y, tras sufrir peripecias y penalidades indecibles, ha regresado cargado de tesoros. Como joyas rutilantes, resplandecen ahora en la oscuridad de este mundo sombrío en el que habitamos todos. ʹNo más alláʹ, parecen proclamar. Desde el fondo de la cueva, desde el interior del capullo de la metamorfosis, desde el cáliz de la Pasión emerge el mensaje de que ʹaquí ya no queda nadaʹ”[2].

Así pues, los autorretratos grotescos (¿siniestros?) de Nebreda no son solamente el resultado de la descomposición nihilista de los valores tradicionales en nuestra época, incluso de lo que seguimos prefiriendo como arte, que seguimos prefiriendo como arte, pues vale también, ciertamente, que el arte venga “negativamente” representado por una descomposición bien calculada de fealdad, repugnancia, horror, que no pretende separar esa expresión posmoderna de horror de la expresión romántica de la sublimidad negativa, suscitada en ambos trabajos catártica, y en efecto, sarcásticamente por la exageración y por su cercanía aterradora con nuestra realidad. Realidad donde quién sabe a ciencia cierta si los retratados de Géricault fueron solo la máscara de una enfermedad como la demencia, de la cual nuestro artista haya sido uno de ellos; realidad donde quién sabe con total certeza si Nebreda realmente padece de un desorden mental tan severo que le obliga a autorretratarse con un cuerpo en absoluto torturado, o si esos matices de locura no son más que la imagen sobreexpuesta de una claridad mental frente a la vida con una franqueza descarnada que pocos se atreven a mirar.

[1] En psiquiatría, se denomina monomanía, del griego monos, “uno”, y manía, “locura”, al término acuñado por primera vez en francés por Jean Étienne Dominique Esquirol en 1814, quien encargaría los retratos a Géricault, y es un tipo de paranoia en el que el paciente sólo puede pensar en una idea o tipo de ideas.

[2] Fragmento de texto escrito por Juan Antonio Ramírez en su libro Corpus Solus: Para un mapa del cuerpo en el arte contemporáneo donde se dedica una parte importante a la obra de David Nebreda.

Referencias:

Duque, Félix. (2004) Terror tras la posmodernidad. Madrid, ABAD editores, 2da Edición,2008.

Hughes, Robert, (1982) El impacto de o nuevo: capítulo 6: La visión desde el abismo. [Serie de TV documental] David Richardson, EE. UU recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=0EhweVuWD0E

Ramírez, Juan Antonio (2003) Corpus Solus. Madrid, Ed: Siruela

Salabert Pere (2017) El pensamiento visible: ensayos sobre el estilo y la expresión. Madrid-España, Ed: Akal.

Trías, Eugenio. (2006) Lo bello y lo siniestro, Ed: ARIEL, 3ra edición, 2006.

http://www.artehistoria.com

http://elestudiodepascual.blogspot.com.co

http://www.psicologosmadridcapital.com

 

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Artista plástica, escritora y blogger. Diplomada en periodismo cultural y crítica de arte. Estudió filosofía en la Universidad de Antioquia y Estética y Teoría del arte con la universidad de Cádiz. Su trabajo se caracteriza por investigar el rol femenino en la historia. Se interesa por la escritura de textos en los que reflexiona acerca del sistema del arte actual. Hace parte del equipo de columnistas de la revista internacional de arte Artishock , colabora en el suplemento cultural de El Mundo y escribe para diversas revistas de arte.

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