Los artistas no son profetas

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Si algo mueve al ser humano, lo conmueve y lo trastorna es la violencia. El proceso es sencillo, un grupo de personas, un problema, diferentes clases de armas, muertos, y la proliferación de más problemas que finalmente se convierten en un círculo vicioso que pocas veces acaba, y si termina, no deja contentas a todas las partes. Unos disfrazan la violencia con justicia, otros ponen por encima la moral y la religión. En esos terrenos, el arte llega como una excusa para intentar redimir situaciones y se vuelve una ventana donde algunos se ven reflejados, y los artistas, terminan por re victimizar a quienes transformaron el miedo en un profundo silencio.

En medio de lo complejo que ha sido el proceso de paz en Colombia, queda la duda del preponderante papel que tiene el arte con las víctimas, los victimarios y quienes han estado ajenos al flagelo de la violencia, que de muchas maneras ha dejado cientos de mártires alrededor del país.

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Uno de esos ejemplos se puede encontrar en Doris Salcedo (Bogotá, 1958), quien ha encontrado en estos hitos históricos colombianos, el centro de su trabajo, y de quien podemos retomar dos obras que sirven para exponer dos extremos en los que el arte se ha insertado en los procesos de memoria y resiliencia. Por un lado, en el año 2002, la artista colombiana realizó en el centro de Bogotá su obra Noviembre 6 y 7. Allí colgó 280 sillas sobre el techo del Palacio de Justicia. Esta obra icónica en la historia del arte colombiano, conmemoraba y visibilizaba uno de los acontecimientos más violentos del país, un hecho que dejó muertos y desaparecidos, y que aún en estos tiempos genera incertidumbre sobre preguntas sin respuestas. Salcedo, con una estética llena de delicadeza, nos recordó lo frágiles que son los cuerpos ante quienes tienen el poder absoluto sobre los mismos. En Colombia, muchos se escandalizaron, y otros recrudecieron un dolor que parecía había perecido con el paso del tiempo. Pero las llagas estaban ahí, como si hubiese sido el primer día; Doris Salcedo, siendo una mujer –que en este país podría llegar a ser peligroso– exponía un discurso lleno de verdad.

Por otro lado, y al contrario del ejemplo anterior, en 2016 Doris Salcedo ejecutó Sumando ausencias en la Plaza Bolívar de Bogotá. Allí, con la ayuda de diferentes voluntarios escribieron con ceniza el nombre de más de dos mil personas víctimas de la violencia en Colombia. ¿Por qué los artistas se toman la atribución de hablar de hechos dolorosos que involucran a otros y no a ellos mismos? ¿Se tomó Doris Salcedo el tiempo de preguntarle a las más de dos mil familias si estaban de acuerdo con este acto? No se trata solamente del pensamiento poético del artista que pasa por encima del pensamiento ajeno, sino de repensar, en un país tan estigmatizado, si ese es el tipo de cosas que queremos seguir mostrando y por las cuales queremos ser recordados.

Traigo a colación estos dos proyectos artísticos de Salcedo como un paralelo que expone la necesidad de reconfigurar el discurso del “arte de post guerra”, teniendo en cuenta que no se puede acudir siempre a la memoria para re victimizar a quienes lo han perdido todo y no tienen más que a sí mismos. Uno de los principales problemas de los artistas es pretender visibilizar, sin consentimiento de otros, problemáticas que asumen como psicólogos o terapeutas.

El estado colombiano está dividido, unos muestran las víctimas como ejemplos de perdón y reconciliación, otros los muestran como aquellos que no han sido reparados, y Doris Salcedo los muestra como cifras de la Unidad para la Atención y Reparación Integral de Víctimas. Parece que al final a nadie le interesa qué pasa con las víctimas, sólo sembrar en ellos la lástima para seguir siendo un objeto controvertible de estudio –y hasta de explotación–. En este caso no se pretende condenar el trabajo de Salcedo, sino señalar que utiliza las mismas prácticas que se vienen usando desde hace tantos años con la excusa de que nuestro país no tiene memoria, pero memoria sí hay, lo que no hay es olvido. ¿Quién asegura que los que han sufrido la violencia están diariamente a la espera de que alguien los saque a la luz? Tampoco nadie asegura que no lo estén, pero hay que reflexionar sobre el hecho de que el papel del artista no es usar el arte como excusa para seguir pintado un país desangrado.

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Es hora de que el arte, con su magia –que no es hecha por magos– y desde diferentes perspectivas, cree nuevas estructuras y nuevos diálogos que borren esa alusión que hacen algunos sobre “quien no conoce su historia está obligado a repetirla”. Es importante generar nuevos discursos que hablen del paso que se está dando después de la violencia y la reconciliación. Hacer hincapié sobre monstruosos eventos, por medio del arte, no hará que eso cambie, es hora de encontrar la manera de adaptarse, de entender al otro y de reconocerse a sí mismos. Si entendiéramos las prácticas artísticas como procesos de sensibilización que no buscan resultados inmediatos, tal vez no seríamos un país que, en su mayoría, expone sus miserias por fuera y son aduladas como una maravilla, cuando los verdaderos relatos, esos que se esconden detrás de montañas, quisieran develar verdades que no se han contado y están esperando una pincelada de sinceridad para salir a flote.

El papel del arte después del proceso de paz debería ser fundamental para contar relatos a partir de ideas renovadas que más allá de apelar a la polémica y el escándalo, permitirá bordar historias que nacen en medio del cambio social. Artistas como Doris Salcedo han puesto el nombre de Colombia en boca de todo el mundo, pero ahora, otras generaciones, deberían optar por entender la historia del país y el proceso por el que está pasando, para hacer cosas que vayan en línea a lo contemporáneo, pudiendo reconocer en el arte un arma capaz de darle tanto a las víctimas como a los victimarios un papel digno sin necesidad de apelar a la lástima y al doloroso recuerdo.

Fuente imagen: apollo-magazine.com

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Artista visual en formación. Me gusta viajar y el performance. Admiro a María José Arjona. Creo en la crítica de arte, pero más aún, en las experiencias sensoriales que el propio arte puede causar. Me pregunto sobre todo y me encanta incomodar a las personas con cuestionamientos que hacen sonrojar. Soy investigador por naturaleza y ególatra de nacimiento.

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