Escribir y resistir por el arte, la crítica y la teoría

Nada es perfecto…

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NOTA: las ideas aquí expuestas no pretenden ser una verdad, en realidad, tampoco existen, a excepción de un lugar y tiempo específico: mi cabeza y el ahora. Es probable que muten en cuestión de tiempo. Por lo anterior, este texto no pretende herir susceptibilidades, sino únicamente exponer mi percepción sobre el tema en cuestión.

En el mundo, existe una búsqueda constante, que en primera medida parece natural, pero en segunda, es una especie de enfermedad que no trae más que zozobra y desilusión. Se llama perfección, una cosa inventada por los hombres, que solo existe en nuestra mente y que, en ese orden de ideas, es una utopía subjetiva, cambiante e inalcanzable, destructora de posibilidades.

Creemos tenerla, controlarla y manipularla, pero la verdad es que estamos lejos de ello. Nada más imperfecto que el hombre, aun ante los postulados anatómicos de Leonardo Da Vinci en El Hombre de Vitruvio, o el carácter divino propuesto por Tomás de Aquino. Con esto quiero decir que ni en el ámbito físico ni espiritual se halla en nosotros la perfección, pero ello no debería afligir a ninguno, pues alcanzarla es hasta cierto punto, su propia desaparición.

La antítesis del hombre la podemos encontrar en las ideas cristianas que sostienen que solo Dios posee la totalidad y la sustancia que se supone debe tener lo “perfecto”. Una idea que es solo válida en la medida en que no es el hombre como ser “común y corriente”, el poseedor de tal dimensión de sujeto perfecto, aunque para ello tendríamos primero que aceptar la idea teológica de un ser supremo, tal como lo señalan algunas religiones.

Por lo tanto, y para cerrar el debate entre la existencia o no del concepto en cuestión, basta decir que en el mundo real, la perfección es solo una ensoñación, algo que nos conduce y dirige, algo similar a la fe cristiana, aparentemente necesaria para que el hombre exista sobre el mundo.

Sin embargo, y pese a lo desgastante que significa buscar en vano la perfección, el arte ha sido uno de los terrenos en los cuales se ansía más obstinadamente. Quizá la razón de ello se encuentra en el carácter visual y estético[1] que han tenido lugar en el arte, y a los primeros cánones de belleza implantados en el hombre en cada uno de sus periodos históricos más importantes -Roma, Grecia, el Renacimiento…-. Dentro del circuito del arte se ha implantado un exceso de perfección que denota rigidez, acidez, desequilibrio y vacío. Esta búsqueda es tanto del creador como del espectador, del curador y del crítico. Ese vacío se refiere a la ausencia de un trasfondo que sostenga verazmente el contenido que puede apreciarse visualmente.

Y este ideal de perfección es contrastado con el ejercicio de la crítica, que como cada uno de los elementos que componen al arte contemporáneo, se viene trasmutando en nuevas y extrañas figuras, aún sin definir. Sin embargo, poca importancia ha adquirido la práctica de la crítica, que hoy día se ejerce trivialmente, casi como un concurso de belleza. Básicamente existen solo dos tipos de calificativos. El negativo: cuando decimos “x cosa es horrible, pésima, es basura artística”. El positivo: “es bonito, interesante, asombroso, es perfecto”. Hoy día todo parece indicar que estos atributos bastan para analizar lo que sucede en ámbitos artísticos.

Aunque la sociedad sabe que la perfección es inalcanzable, obstruye su mirada esperando que aparezca fortuitamente en algún lugar, quizá un museo, una galería, las calles y, ahora, hasta la web. ¿Qué será necesario para comprender que buscar la perfección no significa encontrarla? ¿Que desearla no significa validar su existencia?

Por otro lado, aún más grave e importante, es la figura de los “jueces”, que al no hallarla destruyen todo lo que encuentran a su paso. “Esto está muy malo, esto podría ser mejor, al artista le faltó, la curaduría está muy floja, está torcido, hay una mancha en la pared…”; asuntos tan banales que uno se pregunta, si esto es, al fin y al cabo, el fondo y la razón de ser del arte.

El pero es la muletilla de quien visita una exposición, lee un catálogo o escucha una conferencia. Por supuesto que no se puede negar que muchas cosas pueden ser mejor,- yo misma lo he comentado en los corrillos de una exposición o en los textos-, pero no por ello debemos darle tanta importancia como se la damos hoy. Reconocer los defectos de una acción artística no es el pecado, -creo que es necesario evidenciarlos, es parte del ejercicio crítico-, pero creo que en el arte el sentido es otro, y que a través de éste se buscan otras cosas más esenciales para la humanidad que un estereotipo, o una necesidad egocentrista.

La superficialidad es solo eso, algo que está afuera de lo esencial. Quizá el “fracaso” del arte contemporáneo se debe más a nuestra idea banal de perfección que nos desconcentra. Volver a centrar nuestros ojos y nuestro espíritu en lo que acontece en la vida, más que en la institución del arte, podría retornarnos al camino del arte, ese que se supone desapareció hace más de 5 décadas, pero que creo no se ha ido, más bien nos fuimos los espectadores.

La búsqueda de la perfección, si es que debemos mantener tan abominable concepto, debería quedarse en nosotros mismos, como una lucha silenciosa que azota a cada una de las personas que buscan esa inaudita divinidad.

[1] Algunas de las definiciones filosóficas del término perfección lo vinculan con la estética, por su carácter subjetivo, y por ende, por su relación con el juicio, el gusto.

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Estudiante de artes y lo que se va conectando a ellas. Llegué hasta aquí a través de la fotografía, aunque luego me apasioné por la historia y la teoría del arte. Considero leer, pensar y escribir como mi práctica artística. Espero del lector (y el espectador) una actitud activa que posibilite espacios de diálogo y debate.

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