Escribir y resistir por el arte, la crítica y la teoría

Nadas

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Responder a la pregunta quién es uno sobre este mundo, tratando de definirse a sí mismo siempre ha sido uno de esos asuntos a los que uno nunca quiere enfrentarse. Y aunque procuro “nunca decir nunca y evitar decir siempre”, debo aplicarlos en este caso, porque forman parte de las fobias que me acompañan desde que tengo algo de conciencia –aunque nunca es suficiente–.

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De modo que he terminado por definir, que soy un ser humano, categorizada por la biología como una mujer, con 30 años de vida, hija de José Reinaldo Sosa y Luz Miriam Restrepo, quienes me dieron por nombre Erika –si así puedo decir pues mañana será diferente–. Eso es lo único que puedo decir cuando me pregunto [o me preguntan] quién soy. Creo que nada de lo que he estudiado, realizado, soñado, ganado o perdido, define lo que soy. Esas experiencias solo van construyendo mi carácter y personalidad, pero todo eso es cambiante y superficial.

Podría decirse que soy una anarquista en cuanto a las etiquetas; creo que no le suman al sustantivo, y por el contrario, lo que hacen es limitarlo. El rock, el diseño, el arte, los libros, los sobrinos, entre otras cientos de cosas, son elementos que no necesariamente tienen que ser adjetivos. ¿Cómo ser rockera, si los tangos me llegan a lo más pronfundo del alma? ¿Cómo ser tanguera si me encanta volear la cabeza en los conciertos de metal? El ser humano es una mezcla de contradicciones; no entiendo de dónde construimos las fronteras. Si el mundo gira cada milésima de segundo, y las personas giramos con él, así como todo lo que está alrededor. No se detiene, aunque a veces lo deseemos o lo imaginemos.

De cualquier manera, y como se supone que los gustos y los disgustos nos dicen “quiénes somos”, tal como las cualidades y defectos, tal vez pueda enumerar algunos de ellos para que usted se forme una idea de quién le está hablando…

Me encanta comer, y como todo cliché de la mujer, mi delirio es el chocolate. Si me encontrara la lámpara mágica, le pediría nunca sufrir la abstinencia de una dieta libre de azúcar. Soy responsable, creativa y organizada, pero si soy famosa por algo, es por mi carácter fuerte. Como la bomba atómica, exploto sin piedad cuando algo realmente me disgusta. Me gusta conversar, reír, ver cine, escuchar música mientras hago todo lo que hago. No me gusta el pescado, el rábano ni el mondongo. ¿Mi amor platónico? Wolverine.

Los libros, y todo lo que está inmerso en ellos –papel, palabras, letras, historias–, me hacen perder la cordura. Esta obsesión es relativamente reciente, pero tiene importantes cimientos en mis primeros años de vida. Mi exploración con el lenguaje escrito me ha conducido hacia la infinidad de la pregunta y la inexistencia de la respuesta. Por ahora solo intento traducir con mis palabras –las que están a mi alcance– el pedacito del mundo que alcanzo a percibir. A mi modo de ver, escribir es una de las esencias de la vida humana, como la pintura y la música. Las palabras me permiten decir lo que pienso y siento, y cuando logro que otra persona se quede con al menos un fragmento de ello, me parece que la tarea está hecha.

Sin embargo, “las palabras se las lleva el viento”. No solo en la metáfora, sino, y lastimosamente, en la vida real. Algo viene sucediendo con el poder de la palabra, cada vez más efímera, más banal y débil. Tal como sucede con el arte contemporáneo, puesto en el circuito para nada, sucede con la escritura. Millones de textos apilados en una esquina, llenos de polvo y miseria que siguen esperando por el sentido que un día les fue prometido.  Entre esos textos, hay un sinnúmero de ideas que podrían cambiar el rumbo de la vida. Pero pocos quieren estar ahí para descubrirlos. Pocos quieren tomar el riesgo de las ideas de otro, como un camino al infinito, un viaje sin destino.

No sé si en unos años ame escribir, lo dije antes, no sé qué será de Erika mañana, pero por ahora disfruto, me obsesiono, imagino y creo con la escritura. Ese es mi mundo ahora. Supongo que eso puede definirme un poco y dar una mediana idea de qué en este punto de mi vida sobre la faz de la tierra, o quizá por el contrario, me haya desvanecido con este escrito. Al final en eso consiste la paradoja de las definiciones, en que toda explicación tiene su vía de escape, precisamente ahí radica nuestra esencia indefinida.

Estudiante de artes y lo que se va conectando a ellas. Llegué hasta aquí a través de la fotografía, aunque luego me apasioné por la historia y la teoría del arte. Considero leer, pensar y escribir como mi práctica artística. Espero del lector (y el espectador) una actitud activa que posibilite espacios de diálogo y debate.

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Soy Alejandra García, tengo 24 años y estudio artes visuales. Esta sería
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