Escribir y resistir por el arte, la crítica y la teoría

Siluetas, tierra y santería

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A mediados del siglo XX Cuba se veía afectado por una serie de enfrentamientos políticos producto de una lucha por el poder supremo de la República. En el año 1961, cuando Ana Mendieta (1948 La Habana, Cuba – 1985 Manhattan, Estados Unidos) contaba con tan sólo doce años, es exiliada junto con su hermana a los Estados Unidos, producto de la Operación Peter Pan, que consistió en un plan católico anticomunista que trasladó más de catorce mil niños a Estados Unidos con la intención de evitar con ello su desplazamiento a la URSS. El  exilio de Mendieta en Iowa, Estados Unidos la obligó a permanecer lejos de su familia, de sus costumbres, de sus ideales y, por supuesto, de sus iguales. Testigo del continuo y arraigado racismo de los norteamericanos, se le dificultó la adaptación, y más aún la apropiación de su cultura, tal como se evidencia años más tarde en su producción artística.

Ver también W.A.R

Dentro de las dificultades que le significaba estar lejos de su lugar natal, Ana Mendieta encontró en el arte la manera de canalizar los hechos que de cierta manera traumatizaron su niñez, y por ende, su vida. En la producción se le facilitaba explicar sus orígenes y reflexionar sobre su identidad.

Estudió Artes, pero lo que la llevaría por el camino de la experimentación fue su posgrado en pintura. Ana Mendieta es famosa por sus earth-body[1], pero no siempre utilizó su cuerpo como soporte o como medio de expresión, inicialmente era una pintora figurativa, luego abstracta. Durante su proceso académico (1970- 1974) tuvo la oportunidad de enriquecer su experiencia plástica desde diferentes ámbitos. Comenzó su consolidación artística a través dos programas que conforman las bases técnicas de un arte tan expandido y multifacético como el de Mendieta: The Center for New Performing Art (CNPA) y el Programa de Multimedia, ambos financiados por la Fundación Rockefeller. El posgrado  buscaba incentivar en los jóvenes artistas la implementación de nuevos lenguajes, nuevos medios con el cual comunicarse.

Lo segundo era  expandir la perspectiva del arte contemporáneo de sus alumnos a través de la participación de importantes artistas del medio que venían trabajando nuevas propuestas, como Robert Wilson, el grupo Accionista Vienés, y otros que Mendieta conocería por medio de textos como Herman Nitsch, Gunter Brus y Rudolf Schwarkogler, y con los que definitivamente encontraría una conexión.

Fue en la Academia en la que Ana Mendieta comenzara con la exploración de su propio cuerpo, donde encontrara los medios para reflexionar y compartir sus ideas y experiencias artísticas, de ahí la importancia del transcurso de estos cuatro años, en los cuales su obra manifiesta no sólo algo de madurez, sino la mística y natural transformación a la que tanto aluden sus performances posteriores.

Ver también Feminismo en la historia y el arte

Recordemos que Mendieta fue inmigrante cubana. En este hecho se encuentra la justificación de sus giros alrededor de un antepasado y un presente fuertemente sincrético, y al mismo tiempo, conforman la fortaleza natural, ecológica y biológica de su trabajo. Desarrolló su obra básicamente en el performance, pero su intencionalidad, así como la implicación de otros elementos han llevado a una extensa denominación de su producción: earth art, body landscape, body art, accion[2], que en definitiva pretenden designar su cuerpo en relación con el entorno natural. Además del performance,  trabajó la fotografía, la pintura, el videoarte, y por supuesto, la escultura, con una particular viveza.

Uno de sus primeros performances y en el que usó la sangre y la muerte simultáneamente es Chicken Piece (Presa de pollo). “El breve performance realizado a sus compañeras mostraba a la artista sosteniendo un pollo decapitado frente a su cuerpo mientras la sangre la salpicaba a ella así como al área circundante. Al final de la pieza, que fue registrada en documentación fílmica y fotográfica, su cuerpo se asemeja a la superficie de un cuadro de Pollock cubierto de salpicaduras y manchones de pintura”[3].

La admiración de Ana Mendieta hacia Marcel Duchamp es evidenciada en algunas de sus propuesta artísticas, como ejemplo de ello encontramos su performance Facial Hair Transplant (Trasplante de pelo facial), una obra en la que pretende adjudicarse aspectos masculinos colocando sobre su rostro pelo de la barba de un amigo que recién está cortándola, y reflexionando sobre prácticas mítico-religiosas  en las que el pelo contiene connotaciones de poder.

Su serie Siluetas se cuenta entre sus trabajos más extensos en cantidad –doscientos aproximadamente– y tiempo de realización –cinco años–. Los comienzos de dicha serie se encuentran en el año 1973, cuando Mendieta viaja a México. Estando en Oaxaca, viviendo una experiencia interior y de conexión con sus orígenes, Ana Mendieta encuentra en este estado mexicano, las ruinas arqueológicas, primordiales en el desarrollo de su propuesta posterior.

Para realizar Siluetas, la artista se instauraba en el medio natural haciendo parte del mismo. Con los elementos del entorno Mendieta se esculpía a sí misma para crear así el más profundo vínculo con deidades de la fertilidad,  la herencia indígena y el poder natural y espiritual propios de una santería cubana. Los escritores colombianos Gladys Ramírez y Diego Arango, la describen con estas palabras:

“Para la elaboración de esta serie la artista aprovechó las formaciones naturales  de las rocas, el agua y la pólvora, desarrollando una extraordinaria habilidad para trabajar en lugares al aire libre.  En estas obras Ana no incluyó su cuerpo como producto final, pero utilizó simbolismos que actuaban como una representación extensiva del mismo”[4].

En 1982 Mendieta realiza su obra Body Tracks (Huellas corporales) en la que utilizó su cuerpo impregnado de sangre como pincel para plasmar sobre una pared blanca  un asunto puramente existencial y físico.

Muchas obras más son las que se pueden enumerar para ilustrar la intención artística de Mendieta, así como para entender su sentir de la violencia, su fijación en el arte hispano, feminista, muralismo mexicano y otras tantas materias que de una u otra manera se vieron marcadas en la producción artística de su corta vida.

En los pocos años de vida que Mendieta desarrolló, maduró y generó su transformación del “yo” que tanto le perturbó, fue tiempo suficiente para concebir en el arte la agitación que le proveería nuevas formas de expresión, nuevos cánones artísticos y un vuelco hacia la producción latinoamericana. Y es allí donde gran parte de su esencia cobra real importancia, donde se halla el sustento de una vida inicialmente atormentada, esa misma que le dotó de la sensibilidad cultural que le permitiera escenificar lo espiritual, lo trascendental y lo mítico de sus raíces.

Luego de más de 30 años, en 1981, Mendieta pudo volver a Cuba, tras decisiones políticas que permitieron el regreso de un gran número de emigrantes. Para ese entonces Mendieta ya tenía cierto nombre en Nueva York, había ganado el Premio de la Academia Americana de Roma, así como la Beca Guggenheim.

Con su llegada a Cuba gestionó la apertura del arte cubano al mundo al llevar consigo a Lucy Lippard, escritora y crítica del arte,  y a Rudolph Baranik artista nacido en Lituania, pero emigrante de Estados Unidos, a la exposición Volumen I[5]. Los resultados fueron positivos para los artistas, para el arte y para el país, que se ubicó dentro de los destinos de académicos como Luis Camnitzer.  Además de esto, fue el paso para la inmersión del concepto performance en Cuba, así como la identificación del trabajo de Ana Mendieta.

Artistas como Elso Padilla, José Bedia y Rodríguez Brey se influenciaron de cierta manera tras conocer la obra de Ana Mendieta, esto radica en los cambios que significó para esta artista en el campo, y más en Cuba, así como por la religiosidad afrocubana que tanto identificaba a dichos artistas.

Muy joven murió Mendieta –con tan solo treinta y siete años–, tras caer desde su apartamento en el piso 34 hacia una calle en Manhattan. Este hecho, además de ser la pérdida de una de las artistas más importantes del arte latinoamericano, significó la detonación de su trabajo a nivel mundial.

Hoy en día la obra de Ana Mendieta se puede ver gracias a que dejó una gran cantidad de registros gráficos de su obra performática, que ha servido de base para una importante lista de artistas posteriores y contemporáneos, que han encontrado en su trabajo una referencia al tratamiento del cuerpo en relación a una historia mística y litúrgica, tan propia de Latinoamérica.

[1] El earth-body es una intervención artística en el que el cuerpo y la figura humana es, junto con la naturaleza, los medios expresivos, y donde la reflexión gira en torno a la relación de ambos elementos.

[2] Estos términos hacen referencia a medios expresivos del Arte Visual en los que fundamentalmente participan tres factores: movimiento o muestra escénica; la tierra como soporte, materia prima o tema de reflexión, la implicación del cuerpo, como soporte o como ejecutante del movimiento.

[3]  HERZBERG, Julia P.: “Arte en Colombia Internacional No. 93, Enero-Marzo 2003” Ana Mendieta: sus años de formación, Bogotá,  2009, p. 56.

[4] RAMÍREZ Madrid, Gladys Lucía- ARANGO, Diego León. Las artes del cuerpo en Cuba y Brasil: Ana Mendieta y Ligia Clark. Medellín, Colombia, 1965, pag. 113.

[5] Volumen I fue la primera exposición de performances que se realizaba en Cuba.

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Estudiante de artes y lo que se va conectando a ellas. Llegué hasta aquí a través de la fotografía, aunque luego me apasioné por la historia y la teoría del arte. Considero leer, pensar y escribir como mi práctica artística. Espero del lector (y el espectador) una actitud activa que posibilite espacios de diálogo y debate.

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