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Una lectura del color en la pintura local

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Esta es la primera entrega de un estudio que Santiago Ríos ha realizado sobre el color y tres de sus representantes colombianos: Jorge Cárdenas, Raúl Fernando Restrepo y Jorge Zapata. Cada semana se presentará el análisis de uno de estos artistas, hasta construir algunas conclusiones de lo que ha sido la pintura y el color en el arte colombiano a través de estos tres casos particulares.

Frente a una pintura se tienen dos formas de sentir lo que se observa: en exterior y en interior, la primera se compone de formas reconocibles y deja percibir el objeto figurativo; para la segunda se debe traspasar la barrera impuesta por la figura y escuchar los afectos, las tensiones y sensaciones internas que posee la pintura en sus elementos gráfico-pictóricos. Vasili Kandinsky siente fuerzas en cualquier forma, color, línea o plano, y explica cómo sentirlas desarrollando dos trabajos investigativos: De lo espiritual en el arte (1912) y Punto y línea sobre el plano (1926) donde plantea cómo oír el sonido interno de la pintura analizando el poder afectivo de los colores, las formas geométricas y los elementos básicos como el punto y la línea. Dependiendo cómo estos estén distribuidos en el plano o superficie devienen sensación. En sus libros, Kandinsky nos da las claves de compresión de su obra, sus caligrafías, símbolos y mnemotecnias, y encuentra correspondencias entre los colores y los sonidos, casi a modo sinestésico.

Kandinsky propuso la composición como “una precisa y regular organización en forma de tensiones, de las fuerzas vivas aprisionadas en los elementos pictóricos”[1]. El pintor confía en que el arte tiene el poder de tocar las fibras emocionales del espíritu, y para ello, el artista debe producir un sonido no a partir de la figuración, sino mediante el uso de las formas, la superficie, los colores, etc., y sacar del interior del cuadro fuerzas que contraigan nuestros afectos.

No obstante, la importancia que el autor le da al color es mayor, pues luego del impresionismo, el color como tema pictórico se vio enmarcado en mucho más que un fenómeno óptico; el color tomó un dominio no sólo del objeto coloreado sino también de las sensaciones, adquiriendo una estética en el imaginario intelectual del hombre. Los fauvistas y los expresionistas, por ejemplo, hicieron un uso no representativo del color; es decir, un uso emotivo y antinatural como detonantes de emociones, sentimientos, y sensaciones intensas, y es que la forma como el artista mezcla los colores en una obra muestra su manera de pensar, sentir, obrar; pues cuando la luz se filtra en la vida produce vibraciones de ondas creando ciertos estímulos a los cuales el cerebro responde en la esfera psíquica.

Johannes Itten[2] explica que el color puede generar siete clases de contrastes, cada uno diferente al otro. Éstos son un camino para el pintor en su intento de expresar los niveles de sensaciones de acuerdo a sus subjetividades, y este intento del pintor por causar un afecto es producto –según Kandinsky– de la necesidad interior del artista, y consiste en una triada de expresiones: la del propio yo –la personalidad del artista–,  la de la época –el estilo que utiliza el artista– y la de su nación –el lenguaje formal y la simbología con que lleva a cabo la obra–. Por ello, es común que cada pintor posea una paleta de colores insignia con los cuales se reconoce y caracteriza su territorio.

Kandinsky enseña la importancia de la nación en la obra de un artista ya que las posibilidades creativas y compositivas provienen de los ritmos, los impulsos y las costumbres del territorio. Por ejemplo, los antecedentes de la pintura colombiana rescatan el color como una extensión del paisaje, que inicia con la influencia de los impresionistas y post impresionistas en la obra Andrés de Santa María, quien produjo decenas de tendencias en el país al reflexionar sobre los elementos pictóricos.

Sergio Esteban Vélez, en una investigación que realizó sobre el color en la pintura moderna colombiana, le hace un homenaje a Santa María por ser precursor del color como tema pictórico y lograr una expresión personal de sentimientos, emociones y armonía estética, convirtiéndose en influencia para artistas como Francisco Antonio Cano, Gonzalo Ariza, Ricardo Gómez Campuzano, entre otros[3].

Retablo de los dioses tutelares de chibchas / Luis Alberto Acuña / óleo sobre madera / 1938

La Historiadora del arte Beatriz Mejía dice que en 1900 Andrés de Santa María fue un incipiente del nacionalismo pictórico que impulsó la utilización de elementos extraídos de la cotidianidad y del paisaje colombiano; el tradicionalismo académico fue remplazado por flores, valles, montañas, ríos, atmósferas y su rica variedad cromática, iniciando así la búsqueda de una   propuesta colombianista, cosa que en la década de los cuarenta el Grupo Bachué intento solucionar con obras que interrogaban el punto de vista político a través de un lenguaje plástico dirigido a las masas mediante colores que promovieran el sentimiento nacionalista. El proyecto fracasó a causa de la poca acogida en el público, sin embargo, los pintores sabían que debían encontrar su propia expresión y que deberían partir de su propia cultura:

A partir de los Bachués, se había planteado una filosofía colombianista, y aunque no se produjo los resultados esperados, el interrogante ya estaba formulado, Colombia debía encontrar su propia expresión pictórica y partir de raíces propias como la raza, el paisaje, la fauna, la flora, como también su problemática existencial, pero utilizando un lenguaje alejado de la anécdota o la alegoría que había inspirado a los Bachués[4].

La gran variedad de posibilidades pictóricas creció y produjo artistas como Jorge Cárdenas, Raúl Fernando Restrepo o Jorge Zapata, quienes si bien no comparten una misma línea conceptual, los une un deseo por desarrollar un estilo propio y un fuerte interés por el color, con el cual reflexionan acerca de la ciudad, constantemente desde el paisaje.

[1] KANDINSKY, V. Punto y línea sobre el Plano. México D.F: Coyoacán, 1994.

[2] ITTEN J. El arte del color. Paris: Editorial Bouret, 1970.

[3] VÉLEZ, Sergio. El Color en el Arte Moderno Colombiano. Bogotá: Bioquímicos, 2008.

[4] MEJÍA, Beatriz A. El grupo Bachué, interrogantes, respuestas y soluciones. En B. A. Mejía, El arte colombiano en el siglo XX. Pereira: Editorial Universidad Tecnológica de Pereira, 1988. p. 35- 51.

Referencia imagen: Palmeras, paisaje de Macuto / Andrés de Santa María / Óleo sobre tela / 1904. Fuente: Banco de la República

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